lunes, 23 de mayo de 2011

CON TEODORO ALZAMORA: ENTRE FUGAS Y BANDOLEROS

Hay quienes creen que la literatura es como el box: que uno debe meterse en ella desde muy joven, de lo contrario se corre el riesgo de caer a la lona en el primer round de la primera pelea. Y hay quienes afirman, parodiando la letra de “Caballo viejo”, que eso de crear mundos ficticios no tiene horario ni fecha en el calendario, porque la vida es así.

Al margen de quien tenga o no la razón, aquí les presento, queridos lectores, al escritor piurano Teodoro Alzamora, quien desde hace treinta años fatiga las calles trujillanas. Si usted lo ve caminando por el paseo peatonal o la plaza de Armas va a sonreír. En la vida puede uno imaginarse que este profesor jubilado con cara y atavíos de profesor jubilado, lleva entre pecho y espalda graciosas historias de su tierra natal que a diario le demandan la tinta y el papel.

A los 62 años de edad publicó su primera novela, Fuga al final de la tarde; y dos años después, Froilán Alama, la leyenda. Ahora prepara la reedición de la primera y la publicación de su último trabajo: Tribulaciones de un vargasllosiano. No queda duda: Alzamora es un caso y no tengo más remedio que entrevistarlo.

Teodoro, ¿No es locura senil eso de meterse a la literatura después de los sesenta años de edad?

Puede ser, pero no soy el único. Acuérdate que el premio Nobel José Saramago inició su incursión en estas lides pasados los 50. Yo escribo, sin embargo, desde que tenía 10 años, aunque nunca me interesé por difundir o publicar lo que escribía, pues consideraba que mi trabajo no tenía importancia. La falta de motivación, mientras viví en Piura, fue también una causa valedera. Venir a Trujillo fue para mí un estímulo que facilitó extraordinariamente mi incursión en la narrativa.

Leo en la solapa de tu nueva Fuga al final de la tarde que tus trajines literarios empezaron con un poema de amor. Cuéntanos algo de eso.

(Risas) Cosa de churres. La chica del poema era una maltoncita encantadora que vivía frente a mi casa en Tambogrande, y con la cual mantenía yo una candorosa relación estrictamente epistolar. Un día aciago, en una de sus cartas de respuesta, me confesó haber aceptado también la carta de un primo mío. “Me gusta más cómo escribe él, tú escribes feo”, decía en uno de sus párrafos. Por eso, y bajo la tutela del poeta español José Angel Bueza escribí “Perdida”, mi primer poema.

Todo el mundo empieza escribiendo poesía, y luego se corre. ¿Te pasó lo mismo?

Es que construir un poema exige mucha sensibilidad, es un trabajo de filigrana. Es una labor que está reservada para artistas como Ángel Gavidia Bethoven Medina o Luis Eduardo García, entre otros destacados poetas Trujillanos. Yo prefiero la narrativa, te permite ciertas licencias que la poesía no. Además, después de conocer a Vallejo, todos mis poemas me parecían chapuceros.

Pero más chapucera puede resultar la prosa, si no se trabaja como es debido. ¿Cómo así te decidiste a narrar?

Fue sin querer queriendo. Quizá lo hice para disimular la incapacidad de hacer otra cosa. Ficcionar no solo me entretiene, también me apasiona y me hace combatir una cierta sensación de inutilidad, que me caracteriza. Escribir trae implícita la aventura de revivir, de combatir el paso del tiempo. La narrativa te permite sentir el placer de contar la realidad y lo que imaginamos. Mis primeros esbozos tienen que ver con anécdotas y personajes de mi pueblo, fue así que sin proponérmelo di a luz Fuga al final de la tarde, mi primera novela, que publiqué el 2008 tras haberla sometido a la zaranda de ATAL y de connotados autores de la literatura trujillana.

¿Fuga al final de la tarde es ficción pura o tiene que ver con experiencias reales?

Los hechos argumentales de mi novela tienen que ver mucho con hechos de la realidad. Yo escribo mis novelas como diarios, las voy improvisando página a página y voy metiendo hechos que me han sucedido, cosas que me inspiran, anécdotas escuchadas, etc. El ir mezclando esas cosas con un argumento le van dando forma a la novela. Todo lo escrito por mí hasta hoy tiene que ver con experiencias vividas, anécdotas de mis paisanos, narraciones de mis abuelos.

Algo que me sorprendió gratamente en esta novela fue sentirme dentro de una atmósfera totalmente verósimil. Se huelen allí los potreros, las plantas de oberal y se oye la algarabía de los pericos en los maizales. Fue muy grato.

Esa tarea a mi se me facilita, pues mis ficciones están ambientadas en lugares donde yo he vivido y que por lo tanto conozco al dedillo. Ahora mismo estoy recordando el silo donde mi abuelo guardaba la algarroba, y que un tío mío convertía de vez en cuando en su nido de amor con la cocinera. Me interesa mucho ese ambiente que parece un cuadro en claroscuro y que incluyo en mi cuento “La bodega”.

La mayoría de narradores y críticos literarios le asignan al lenguaje una enorme importancia en el acto de escribir. El tuyo armoniza muy bien con los personajes y el ambiente donde actúan. ¿Te lo propusiste o fue saliendo espontáneamente?

Siempre me atrajo el estilo coloquial de las gentes con las que compartí mi niñez y gran parte de mi juventud. Las historias narradas sobre bandoleros, arrieros campechanos, fantasmas y aparecidos, entre otros, no dejaron de rondar por mi cabeza hasta que, sustrayéndome al riesgo de escribir sobre algo que no iba a ser leído porque él “tema estaba agotado”, me decidí a hacerlo. Para felicidad mía, me equivoqué de palmo a palmo. Si no, ¿cómo explicas que en los próximos días se publique la segunda edición?

Los lectores avezados como yo no nos tragamos mucho el cuento del narrador como alguien distinto del autor. Luego de leerte sospeché que en varios de tus personajes está tu propia biografía, incluso en el Froilán Alama de tu segunda novela.

Totalmente. Yo encarno uno que otro personaje de mi ficciones. Vargas Llosa sostiene que la raíz de todas las historias tiene que ver mucho con la experiencia de quien las inventa. Lo vivido, según él, es una fuente inagotable que alimenta las ficciones literarias. Eso no significa, desde luego, que una novela sea una biografía disimulada del autor.

Otra grata sorpresa fue ver publicada tu segunda novela Froilán Alama, la leyenda nada menos que por el sello Altazor de Lima. ¿Cómo ocurrió este salto tan rápido?

Por obra y gracia de mi entrañable amigo Jorge Tume, gerente de INFOLECTURA. Él, como representante de ALTAZOR acá en Trujillo, movió cielo y tierra para que la editorial publicara mi libro. En los próximos días debe estar arribando también la segunda edición de esta novela. La mayor cantidad de ejemplares se ha vendido en Piura, y algunos ejemplares acá en Trujillo.

Cuéntanos, por favor, algo de este personaje que no es muy conocido en La Libertad.

Bueno, Froilán Alama es uno de los muchos bandoleros que tuvo el Perú allá por los años 30 del siglo pasado, todos ellos registrados en la obra Los caballeros del delito de Enrique López Albújar. El ámbito de Froilán Alama fue Piura. A diferencia de otros autores que inciden en la ferocidad y malignidad de Froilan Alama, yo lo ubico dentro de un contexto más humano, resaltando su convicción altruista y campechana que, por lo demás, son dos caracteres que tipifican a la gente piurana.

Te cuento que después de leer esta novela me quedé pensando en lo mucho que te hubiese gustado ser Froilán Alama y en lo mucho que a Froilán le hubiese gustado ser como el profesor jubilado Teodoro Alzamora.

(Risas) Tienes razón. Y es que Las pellejerías que experimentó Alama a lo largo de su vida, no son distintas de las padecidas por mí en mi niñez y adolescencia. La diferencia es que su proclividad a delinquir lo llevó por ese camino. Yo escogí la otra ruta, la afanosa búsqueda de realizarme como ser humano. A decir de Alan Poe ni Alama ni yo fuimos en nuestra infancia como los otros, ni nunca vimos como los otros vieron.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Página principal